Defensores del pueblo

Thursday, December 31, 2009

In odium fidei


“Fue Solyenitzin (1) quien dijo que antes, en su tierra, se escuchaban las campanas del Angelus: “Y ellas impedían que los hombres anduviéramos a cuatro patas”. Es que “la religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma –no se aquieta- si no trata y conoce al Creador” (Amigos de Dios, n. 38) (2)…

En el libro “Batlle y el batllismo”, de E. González Conzi y Roberto B. Giúdice, se elogia esta labor de “Don Pepe” (3): “En el Uruguay nada tiene que hacer ninguna religión ni en los centros de enseñanza ni en los establecimientos hospitalarios del Estado. El niño, antes de Batlle, cumplía ciertas prácticas religiosas en la escuela. No eran muchas, es cierto. Todo se reducía a rezar un Padrenuestro, terminada la hora de clase, y a aprender todo o parte de un sucinto resumen del Catecismo. Contra estas prácticas reaccionó la tendencia francamente librepensadora del batllismo, que fue haciéndose camino en este país poco a poco, pero de manera tan segura y firme que puede afirmarse que hoy es nuestra República la tierra menos religiosa del mundo. Fueron abolidas así todas las enseñanzas y prácticas de orden religioso que se efectuaban en la escuela primaria. Hoy, a ningún niño se le imponen determinadas creencias que sólo podrán contribuir a deformar su espíritu”.

¿Timbre de gloria o de vergüenza? Que al menos se escuchen en nuestras ciudades las campanas del Angelus…”
(Jaime Fuentes, Católicos en Uruguay, Montevideo 1985, pp. 25-26).


*****

Mis notas:

1) Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), gran escritor ruso, premio Nobel de Literatura de 1970. Después de su conversión al cristianismo, fue uno de los más famosos disidentes en la era del régimen comunista de la Unión Soviética.

2) “Amigos de Dios” es un libro que recoge varias homilías de San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), fundador del Opus Dei.

3) “Don Pepe” fue una forma popular de referirse a José Batlle y Ordóñez (1856-1929), dos veces Presidente del Uruguay (1903-1907 y 1911-1915) y dos veces Presidente del Consejo Nacional de Administración (1921-1923 y 1927-1928). Fue el principal político del Uruguay desde 1903 hasta su muerte. Durante ese período lideró al Partido Colorado (en el poder en forma ininterrumpida durante 94 años: 1865-1959) y dentro de él a su propio sector “batllista”. Habitualmente es considerado como “el constructor del Uruguay moderno”. Este extracto de una biografía suya escrita por dos de sus partidarios muestra a las claras que el odio a la fe (odium fidei) religiosa -y especialmente cristiana y católica- fue uno de los motivos determinantes de la obra transformadora impulsada por Batlle y Ordóñez. Los efectos negativos de esa deliberada descristianización del Uruguay aparecen hoy a plena luz. Sin embargo, aún no he visto que los herederos de sus principales promotores hayan hecho una profunda autocrítica de su labor destructora.

Monday, July 13, 2009

Libertad de enseñanza

El día 12/11/1990 la Conferencia Episcopal del Uruguay publicó una declaración sobre la libertad de enseñanza, uno de los aspectos principales de la libertad. Es indiscutible que en un Estado de derecho debe regir el principio de la libre elección de las instituciones de enseñanza por parte de los propios educandos o, si éstos son menores de edad, por parte de sus padres. Sin embargo, este derecho humano básico, afirmado en el Artículo 68 de la Constitución Nacional, no tiene en nuestro país una completa vigencia.

Muchas familias de escasos recursos desearían brindar a sus hijos una educación católica, pero les resulta prácticamente imposible afrontar los costos de la educación privada, por lo cual deben conformarse con la enseñanza pública, supuestamente “gratuita” y “laica”. Algo similar les ocurre a familias de otras religiones. La “gratuidad” de la enseñanza pública es en realidad un subsidio total del Estado a su propio sistema de enseñanza. Este subsidio se financia mediante el pago de impuestos de todos los contribuyentes. Al pagar el Impuesto al Valor Agregado por la compra de un artículo cualquiera, el ciudadano católico, como el resto de los ciudadanos, contribuye a financiar la enseñanza pública. Pero si quiere dar a sus hijos una educación católica, él debe pagar además la cuota mensual del colegio o liceo privado, cuyo único aporte estatal es la exoneración de impuestos nacionales y municipales dispuesta por el Artículo 69 de la Constitución. De modo que, a diferencia de un ciudadano no creyente partidario de la educación estatal laica, este ciudadano católico debe pagar dos veces: una vez, forzado por la ley, para pagar un sistema de enseñanza con el que está en desacuerdo y que no utilizará; y otra vez para pagar el tipo de enseñanza de su preferencia. Esta discriminación representa una grave injusticia y hace que, para la mayor parte del pueblo uruguayo, la libertad de enseñanza sea tan sólo un principio teórico sin vigencia real.

En la referida declaración, los Obispos del Uruguay llaman la atención sobre esta injusticia y, citando un discurso que el Papa Juan Pablo II pronunció en Montevideo, proponen que “las subvenciones estatales sean distribuidas de tal manera que los padres… sean verdaderamente libres en el ejercicio de elegir la educación de sus hijos, sin tener que soportar cargas inaceptables”. Finalmente los Obispos proclaman “su firme decisión para dar los pasos necesarios para que todos los padres alcancen la efectiva posesión del derecho constitucional a la libertad de elegir la enseñanza que prefieran para sus hijos”.

Tenemos la esperanza de que esa “firme decisión”, con la ayuda de Dios, se transforme pronto en iniciativas concretas que sirvan como punto de apoyo para una nueva evangelización de nuestro descristianizado Uruguay.

Friday, June 26, 2009

Harry S. Truman, un Presidente masón

La siguiente fotografía prueba que Harry S. Truman, el 33er. Presidente de los Estados Unidos de América, fue Masón:

http://www.trumanlibrary.org/photographs/printDisplay.php?pointer=22895&rr=&people=&listid=1

Por otra parte, recordemos que en 1945, por orden del Presidente Truman, los Estados Unidos lanzaron dos bombas atómicas sobre Japón, el 6 de agosto en Hiroshima y el 9 de agosto en Nagasaki, matando a unas 300.000 personas, en su gran mayoría civiles inocentes. Probablemente, dejando de lado en este caso el crimen del aborto procurado (que mata alrededor de un millón de seres humanos por semana en todo el mundo), ésa haya sido la semana con mayor número de homicidios de toda la historia universal; y ese dantesco genocidio pesó sobre la conciencia de un Presidente masón.

En las últimas décadas, la Iglesia Católica, con toda justicia, reiteradamente ha pedido perdón a Dios -de un modo público- por los pecados y errores de sus hijos (por ejemplo, los relacionados con las Cruzadas, la Inquisición, el caso Galileo, etc.). No nos consta que la Masonería haya pedido públicamente perdón al Gran Arquitecto Del Universo por los crímenes cometidos por miembros de la fraternidad masónica, por ejemplo por los enormes crímenes de Harry Truman; y eso a pesar de que Truman, en una sola semana, asesinó a muchas más personas que las que la Inquisición condenó a muerte a lo largo de 500 años y a lo ancho de al menos dos continentes. ¿No es curioso que la prensa y los intelectuales en general tengan una memoria y una sensibilidad tan selectiva con respecto a los derechos humanos, insistiendo una y otra vez sobre algunos crímenes y dejando casi en penumbra a otros mayores?

Tuesday, May 05, 2009

En penumbras (5)

El periodista Fernando Amado, en el libro donde presenta los resultados de su investigación sobre la masonería uruguaya -libro que se ha convertido en un best-seller a escala uruguaya-, reproduce declaraciones de Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto (Uruguay). Citaré el texto de ese libro en letras itálicas, intercalando mis comentarios en letra normal.

“Monseñor Galimberti, entrevistado para este trabajo, definió a la Masonería como una institución de difícil encuadre en una sola definición debido a la ausencia de rasgos nítidos y permanentes que, en su opinión, es precisamente una de las características de la Masonería.” (Fernando Amado, En penumbras. La Masonería uruguaya (1973-2008), Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2008, 9ª edición, p. 83).

Es sin duda cierto que resulta difícil hablar con propiedad de la masonería, debido sobre todo a su carácter secreto. También es claro que entre las distintas organizaciones masónicas existen diferencias no despreciables. Sin embargo, con base en las opiniones de expertos en el tema, sostengo que esas diferencias son accidentales (o sea, de matices), y que la masonería tiene una esencia permanente.

Recordemos algo que ya dijimos en la entrada anterior: el 28 de abril de 1980, la Conferencia Episcopal Alemana, tras seis años de coloquios oficiales con la masonería y de haber estudiado atentamente los rituales masónicos de los tres primeros grados, declaró lo siguiente: "La masonería no ha cambiado en su esencia. La pertenencia a la misma cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana."

Vale decir que, según los Obispos alemanes (y, seguramente, según los competentes teólogos alemanes que asesoraron a sus Obispos) existen rasgos permanentes en la masonería. Existe una esencia de la masonería, y la misma es incompatible con el cristianismo.

“Según Galimberti, por un lado a veces se diferencian aspectos y perfiles más nítidamente opuestos a la Iglesia y en ese sentido ha habido pronunciamientos claros de la Iglesia condenando a la Masonería.” (Íbidem).

Aunque es cierto que el carácter esencialmente anticatólico de la masonería aparece más claramente en algunas logias que en otras (por ejemplo, más en las irregulares que en las regulares) y, en un mismo país, más en algunas épocas que en otras (por ejemplo, en el Uruguay, más a fines del siglo XIX y principios del siglo XX que a principios del siglo XXI), ese carácter es esencial, y por ende permanente. La razón principal de las condenas del Magisterio de la Iglesia Católica a la masonería ese esa oposición esencial de la Masonería a la Iglesia, no tanto los conflictos históricos contingentes entre ambas instituciones.

“Asimismo, el actual Obispo de Salto y presidente de la Conferencia Episcopal…” (Ibidem).

Aquí el autor muestra que no ha hecho del todo bien su trabajo: en 2008 hacía ya varios años que Mons. Collazzi había sucedido a Mons. Galimberti como Presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay.

“Según Galimberti, la Masonería carece de un cuerpo doctrinal como sí lo tiene la Iglesia.” (Ibidem).

Esta frase me parece correcta, siempre y cuando la falta de coma después de la palabra “doctrinal” no sea un error del autor del libro. Es verdad que la masonería no tiene un cuerpo doctrinal como el de la Iglesia Católica, es decir, tan extensamente desarrollado, y expuesto en forma tan clara y explícita en documentos oficiales autorizados y públicos como, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio. Pero temo que bastantes lectores interpretarán la frase citada así: “la Masonería carece de un cuerpo doctrinal, como sí lo tiene la Iglesia”. Vista así, esa frase sería errónea. Según los expertos sobre la masonería, tanto masones como “profanos” (es decir, no masones), sí existe una doctrina masónica, expuesta sobre todo en sus rituales.

A modo de conclusión, reproduciré un artículo publicado el 23 de febrero de 1985 en la página 1 de la edición italiana de L’Osservatore Romano, en el cual se reflexiona sobre la imposibilidad de conciliar la fe cristiana con la masonería.

“El 26 de noviembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba una declaración sobre las asociaciones masónicas. A poco más de un año de su publicación puede ser útil ilustrar brevemente el significado de este documento.

Desde que la Iglesia comenzó a pronunciarse acerca de la Masonería, su juicio negativo sobre ésta ha estado inspirado en múltiples razones, prácticas y doctrinales. La Iglesia no ha juzgado a la Masonería solamente por ser responsable de actividad subversiva en contra suya, sino que desde los primeros documentos pontificios sobre la materia, en particular en la Encíclica Humanum genus de León XIII (20-4-1884), el Magisterio de la Iglesia ha denunciado en la Masonería ideas filosóficas y concepciones morales opuestas a la doctrina católica. Para León XIII se trataba esencialmente de un naturalismo racionalista, inspirador de sus planes y de sus actividades en contra de la Iglesia. En su carta al pueblo italiano Custodi (8-12-1892) escribía: «Recordemos que el cristianismo y la Masonería son esencialmente inconciliables, al punto de que inscribirse en una significa separarse del otro».

No se podía, por tanto, dejar de tomar en consideración las posiciones de la Masonería desde el punto de vista doctrinal, cuando en los años 1970-1980 la S. Congregación mantenía correspondencia con algunas conferencias episcopales particularmente interesadas en este problema, con motivo del diálogo sostenido entre personalidades católicas y representantes de algunas logias que se declaraban no hostiles o incluso favorables a la Iglesia.

Un estudio más a fondo ha llevado a la S. Congregación para la Doctrina de la Fe a reafirmarse en la convicción de la imposibilidad de fondo para conciliar los principios de la Masonería y los de la fe cristiana.

Prescindiendo, por lo tanto, de la consideración del comportamiento práctico de las diversas logias, de la hostilidad al menos en la confrontación con la Iglesia, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, con su declaración del 26-11-83, ha intentado colocarse en el nivel más profundo y, por otra parte, esencial del problema: esto es, en el plano de la imposibilidad de conciliar los principios, y lo que ello significa en el plano de la fe y de sus exigencias morales.

Partiendo de este punto de vista doctrinal, en continuidad con la posición tradicional de la Iglesia -como lo testimonian los documentos de León XIII arriba citados-, se derivan seguidamente las necesarias consecuencias prácticas, que valen para todos aquellos fieles que eventualmente estuvieren inscritos en la Masonería.

En algunos sectores se ha dado por objetar, respecto de las afirmaciones sobre la imposibilidad de conciliar los principios, que sería esencial a la Masonería precisamente el hecho de no imponer ningún «principio», en el sentido de una posición filosófica o religiosa que sea obligatoria para todos sus miembros, sino por el contrario de acoger a todos, más allá de los límites de las diversas religiones y visiones del mundo, hombres de buena voluntad basados en valores humanos comprensibles y aceptados por todos.

La Masonería constituiría un punto de cohesión para todos aquellos que creen en el Arquitecto del universo y se sienten comprometidos en la lucha por aquellos ordenamientos morales fundamentales que están definidos por ejemplo en el decálogo; la Masonería no alejaría a nadie de su religión, sino por el contrario constituiría un incentivo para un mayor compromiso.

Los múltiples problemas históricos y filosóficos que se esconden en tales afirmaciones no pueden ser discutidos aquí. Después del Concilio Vaticano II ciertamente no es necesario subrayar que la Iglesia Católica alienta una colaboración entre todos los hombres de buena voluntad. Sin embargo, asociarse a la Masonería va evidentemente más allá de esta legítima colaboración y tiene un significado de mucha mayor relevancia y especificidad.

Antes que nada se debe recordar que la comunidad de los «Liberi Muratori» y sus obligaciones morales se presentan como un sistema progresivo de símbolos de carácter extremadamente impositivo. La rígida disciplina del secreto que allí domina refuerza a la postre el peso de la interacción de signos e ideas. Para los inscritos este clima reservado comporta, entre otras cosas, el riesgo de terminar siendo un instrumento de estrategias para ellos desconocidas.

Incluso si se afirma que el relativismo no se asume como un dogma, sin embargo se propone de hecho una concepción simbólica relativista, y por lo tanto el valor relativizante de tal comunidad moral-ritual, lejos de poder ser eliminado, resulta por el contrario determinante.

En tal contexto, las diversas comunidades religiosas a las que pertenecen los miembros de las logias no pueden ser consideradas sino como simples institucionalizaciones de un anillo más amplio e inasible. El valor de esta institucionalización se muestra, por tanto, inevitablemente relativo, respecto a esta verdad más amplia, la cual se manifiesta más fácilmente en la comunidad de la buena voluntad, esto es en la fraternidad masónica.

Aun así, para un cristiano católico no es posible vivir su relación con Dios de una manera doble, es decir, escindiéndola en una forma humanitario-supraconfesional y en una forma interior-cristiana. Éste no puede cultivar relaciones de dos tipos con Dios, ni expresar su relación con el Creador por medio de formas simbólicas de dos especies. Ello sería algo completamente distinto a aquella colaboración, que le es obvia, con todos aquellos que están comprometidos en la realización del bien, aunque partan de principios diversos. Por otro lado, un cristiano católico no puede al mismo tiempo participar de la plena comunión de la fraternidad cristiana y, por otra parte, mirar a su hermano cristiano, desde la perspectiva masónica, como a un «profano».

Incluso si, como ya se ha dicho, no hubiese una obligación explícita de profesar el relativismo como doctrina, aún así la fuerza relativizante de una tal fraternidad, por su misma lógica intrínseca, tiene en sí la capacidad de transformar la estructura del acto de fe de un modo tan radical que no sea aceptable por parte de un cristiano «que ama su fe».

Este trastorno en la estructura fundamental del acto de fe se da, además, usualmente de un modo suave y sin ser advertido: la sólida adhesión a la verdad de Dios, revelada en la Iglesia, se convierte en una simple pertenencia a una institución, considerada como una forma representativa particular junto con otras formas representativas, a su vez más o menos posibles y válidas, de cómo el ser humano se orienta hacia las realidades eternas.

La tentación de ir en esta dirección es hoy tanto más fuerte cuanto que ésta corresponde plenamente a ciertas convicciones predominantes en la mentalidad contemporánea. La opinión de que la verdad no puede ser conocida es característica de su crisis general.

Precisamente considerando todos estos elementos, la declaración de la S. Congregación afirma que la inscripción en la masonería «permanece prohibida por la Iglesia» y los fieles que se inscriben en ella «están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la Santa Comunión».

Con esta última expresión, la S. Congregación indica a los fieles que tal inscripción constituye objetivamente un pecado grave y, precisando que los que se adhieren a una asociación Masónica no pueden acceder a la S. Comunión, quiere iluminar la conciencia de los fieles sobre una grave consecuencia a la que deben llegar en caso de adherirse a una logia masónica.

La S. Congregación declara, finalmente, que «no le compete a las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas, con un juicio que implique la derogación de cuanto ha sido arriba establecido». Con este fin el texto hace también referencia a la declaración del 17 de febrero de 1981, que ya reservaba a la Sede Apostólica todo pronunciamiento sobre la naturaleza de estas asociaciones que implicase la derogación de la ley canónica entonces vigente (can. 2335).

Igualmente, el nuevo documento emitido por la S. Congregación para la Doctrina de la Fe en noviembre de 1983 expresa idénticas intenciones de reserva en relación a pronunciamientos que no coincidan con el juicio aquí formulado sobre la imposibilidad de conciliar los principios de la masonería con la fe católica, sobre la gravedad del acto de inscribirse en una logia y sobre la consecuencia que de ello se derive para el acceso a la Santa Comunión. Esta disposición indica que, no obstante la diversidad que pueda subsistir entre las obediencias masónicas, en particular en cuanto a su postura declarada hacia la Iglesia, la Sede Apostólica vuelve a encontrar en ellos principios comunes que piden una misma valoración por parte de todas autoridades eclesiásticas.

Al hacer esta declaración, la S. Congregación para la Doctrina de la Fe no ha pretendido desconocer los esfuerzos realizados por quienes, con la debida autorización de este dicasterio, han buscado establecer un diálogo con representantes de la Masonería. Pero, desde el momento en que existía la posibilidad de que se difundiese entre los fieles la errada opinión de que ahora ya era lícita la adhesión a una logia masónica, ha considerado como su deber hacer de su conocimiento el pensamiento auténtico de la Iglesia sobre este asunto y ponerlos en guardia ante una pertenencia incompatible con la fe católica.

En efecto, sólo Jesucristo es el Maestro de la Verdad y sólo en Él pueden los cristianos encontrar la luz y la fuerza para vivir según el designio de Dios, trabajando por el verdadero bien de sus hermanos.”

Monday, May 04, 2009

En penumbras (4)

En una entrevista realizada en el contexto de una investigación periodística sobre la masonería uruguaya, el Dr. Luis Alberto Lacalle, ex Presidente de la República, declaró lo siguiente:

“Antes que nada quiero decir que yo no soy masón;… Tengo por tanto un gran respeto por la institución masónica, y creo que en la versión moderna las antinomias y las prohibiciones que nos alcanzaban a los católicos respecto de la misma han desaparecido, y tengo grandes amigos que son integrantes.” (Fernando Amado, En penumbras. La Masonería uruguaya (1973-2008), Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2008, 9ª edición, p. 154).

Debo decir que el Dr. Lacalle está mal informado respecto a la actual relación entre el catolicismo y la masonería.

A continuación haré una exposición basada en gran parte en un artículo publicado en Aciprensa, titulado “¿Por qué un católico no puede ser masón?”.

A lo largo de su historia la Iglesia católica ha condenado la pertenencia de sus fieles a asociaciones contrarias a la fe cristiana o que podían poner en peligro esa fe. Entre esas asociaciones se encuentra la masonería.

Actualmente, la legislación se rige por el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, que, en su canon 1374, señala: "Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación ha de ser castigado con entredicho".

Esta nueva redacción, sin embargo, supuso novedades respecto al Código de 1917, pues no se menciona expresamente a la masonería como asociación que conspira contra la Iglesia. Previendo posibles confusiones, un día antes de que entrara en vigor la nueva ley eclesiástica del año 1983, fue publicada una declaración firmada por el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En ella se señala que el criterio de la Iglesia no ha variado en absoluto con respecto a las anteriores declaraciones, y que la nominación expresa de la masonería se había omitido por incluirla junto a otras asociaciones. Se indica, además, que los principios de la masonería siguen siendo incompatibles con la doctrina de la Iglesia, y que los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas no pueden acceder a la Sagrada Comunión.

La Iglesia ha condenado siempre la masonería. En el siglo XVIII los Papas lo hicieron con mucha fuerza, y en el XIX persistieron en ello. En el Código de Derecho Canónico de 1917 se excomulgaba a los católicos que dieran su nombre a la masonería. En el Código de Derecho Canónico de 1983 desaparece la mención explícita de la masonería, lo que ha podido crear en algunos la falsa opinión de que la Iglesia poco menos que aprueba a la masonería.

Es difícil hallar un tema sobre el que las autoridades de la Iglesia católica se hayan pronunciado tan reiteradamente como en el de la masonería: desde 1738 a 1980 se conservan no menos de 371 documentos críticos sobre la masonería, a los que hay que añadir las abundantes intervenciones de los dicasterios de la Curia Romana y, a partir sobre todo del Concilio Vaticano II, las no menos numerosas declaraciones de las Conferencias Episcopales y de los Obispos de todo el mundo. Todo ello está indicando que nos encontramos ante una cuestión importante.

Casi desde su aparición, la masonería generó preocupaciones en la Iglesia. Clemente XII, en su encíclica "In eminenti", había condenado a la masonería. Más tarde, León XIII, en su encíclica "Humanum genus", de 20 de abril de 1884, la calificaba de organización secreta, enemigo astuto y calculador, negadora de los principios fundamentales de la doctrina de la Iglesia.

El canon 2335 del Código de Derecho Canónico de 1917 establecía que "los que dan su nombre a la secta masónica, o a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica".

Este delito consistía en primer lugar en dar el nombre o inscribirse en determinadas asociaciones. En segundo lugar, la inscripción se debía realizar en alguna asociación que maquinase contra la Iglesia: se entendía que maquinaba aquella sociedad que, por su propio fin, ejerce una actividad rebelde y subversiva o la favorece, ya por la propia acción de los miembros, ya por la propagación de la doctrina subversiva; que, de forma oral o por escrito, actúa para destruir la Iglesia -esto es, su doctrina, sus autoridades en cuanto tales o sus derechos- o la legítima potestad civil. En tercer lugar, las sociedades penalizadas eran la masonería y otras del mismo género, con lo cual el Código de Derecho Canónico establecía una clara distinción: mientras que el ingreso en la masonería era castigado automáticamente con la pena de excomunión, la pertenencia a otras asociaciones tenía que ser explícitamente declarada como delictiva por la autoridad eclesiástica en cada caso.

Algunos de los motivos que fundamentaron la condena de la masonería por parte de la Iglesia católica fueron el carácter secreto de la organización, el juramento que garantizaba ese carácter oculto de sus actividades y los complots perturbadores que la masonería llevaba a cabo en contra de la Iglesia y los legítimos poderes civiles. La pena establecía directamente la excomunión, estableciéndose además una pena especial para los clérigos y los religiosos en el canon 2336.

A partir de la celebración del Concilio Vaticano II, se dio un incipiente diálogo entre masones y católicos. En algunos países (sobre todo Francia, los países escandinavos, Inglaterra, Brasil y Estados Unidos) se empezó a cuestionar la actitud católica ante la masonería, revisando desde la historia los motivos que llevaron a la Iglesia a adoptar su actitud condenatoria y pretendiendo que se hiciera una mayor distinción entre la masonería regular, ortodoxa, tradicional, religiosa y aparentemente apolítica, y la masonería irregular, irreligiosa, política y heterodoxa.

Estos motivos, diálogos y debates, y las más o menos constantes peticiones llegadas de varias partes del mundo a Roma, hicieron que, entre 1974 y 1983, la Congregación para la Doctrina de la Fe retomase los estudios sobre la masonería y publicase tres documentos que supusieron una nueva interpretación del canon 2335. En este ambiente de cambios, no extraña que el cardenal Krol, arzobispo de Filadelfia, preguntase a la Congregación para la Doctrina de la Fe si la excomunión para los católicos que se afiliaban a la masonería seguía estando en vigor. La respuesta a su pregunta la dio la Congregación a través de su Prefecto, en una carta de 19 de julio de 1974. En ella se explica que, durante un amplio examen de la situación, se había hallado una gran divergencia en las opiniones, según los países. La Sede Apostólica no creía oportuno, consecuentemente, elaborar una modificación de la legislación vigente hasta que se promulgara el nuevo Código de Derecho Canónico. Se advertía, sin embargo, en la carta, que existían casos particulares, pero que continuaba la misma pena para aquellos católicos que diesen su nombre a asociaciones que realmente maquinasen contra la Iglesia, mientras que para los clérigos, religiosos y miembros de institutos seculares seguía rigiendo la prohibición expresa para su afiliación a cualquiera de las asociaciones masónicas.

Las dudas no tardaron en plantearse: ¿cuál era el criterio para verificar si una asociación masónica conspiraba o no contra la Iglesia?; y ¿qué sentido y extensión debía darse a la expresión conspirar contra la Iglesia?

Esta situación algo confusa comenzó a ser aclarada por la declaración del 28 de abril de 1980 de la Conferencia Episcopal Alemana sobre la pertenencia de los católicos a la masonería. Esta declaración explicaba que, de 1974 a 1980, se habían mantenido numerosos coloquios oficiales entre católicos y masones; que por parte católica se habían examinado los rituales masónicos de los tres primeros grados; y que los Obispos católicos habían llegado a la conclusión de que había oposiciones fundamentales e insuperables entre ambas partes: "La masonería -decían los Obispos alemanes- no ha cambiado en su esencia. La pertenencia a la misma cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana." Las principales razones alegadas para ello fueron las siguientes: la cosmología o visión del mundo de los masones es relativista y subjetivista y no se puede armonizar con la fe cristiana; el concepto de verdad es, asimismo, relativista, negando la posibilidad de un conocimiento objetivo de la verdad, lo que no es compatible con el concepto católico; también el concepto de religión es relativista y no coincide con la convicción fundamental del cristianismo. El concepto masónico de Dios, simbolizado a través del "Gran Arquitecto del Universo" es de tipo deísta. Este concepto está transido de relativismo, lo cual mina los fundamentos de la concepción de Dios de los católicos. Según la doctrina masónica, no hay ningún conocimiento objetivo de Dios en el sentido del Dios personal del monoteísmo.

El 17 de febrero de 1981, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una declaración en la que afirma de nuevo la excomunión para los católicos que den su nombre a la secta masónica y a otras asociaciones del mismo género, con lo cual, la actitud de la Iglesia acerca de la masonería permanece invariable hasta nuestros días.

A continuación citaré la última “Declaración sobre la Masonería” de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

“Se ha presentado la pregunta de si ha cambiado el juicio de la Iglesia respecto de la masonería, ya que en el nuevo Código de Derecho Canónico no está mencionada expresamente como lo estaba en el Código anterior.
Esta Sagrada Congregación puede responder que dicha circunstancia es debida a un criterio de redacción, seguido también en el caso de otras asociaciones que tampoco han sido mencionadas por estar comprendidas en categorías más amplias.
Por tanto, no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa comunión.
No entra en la competencia de las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas con un juicio que implique derogación de cuanto se ha establecido más arriba, según el sentido de la Declaración de esta Sagrada Congregación del 17 de febrero de 1981.
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al cardenal Prefecto abajo firmante, ha aprobado esta Declaración, decidida en la reunión ordinaria de esta Sagrada Congregación, y ha mandado que se publique.
Roma, en la sede de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 26 de noviembre de 1983.”

Esta Declaración está firmada por el Cardenal Prefecto Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI.

Sunday, May 03, 2009

En penumbras (3)

En las dos entradas anteriores probé que el libro de Fernando Amado “En penumbras. La Masonería uruguaya (1973-2008)” es filo-masónico y anti-católico. Añadiré ahora algunos comentarios sobre el comienzo del Capítulo IV, titulado “La Iglesia católica y su adversario de todas las horas: la Masonería”. Citaré el texto del autor en letra itálica, intercalando mis comentarios en letra normal.

1. ¿Ser católico y ser masón, es posible?
1.1 La condena universal de la Iglesia católica
Lo primero que debemos señalar es que la respuesta a esta pregunta nos introduce en un terreno harto sinuoso, de múltiples y variadas respuestas.”
(p. 77)

En realidad, no es así. Esa pregunta admite sólo dos respuestas: “Sí” (la respuesta masónica) o “No” (la respuesta católica).

“Sin embargo, históricamente la contestación es algo más sencilla, al punto de que, según se dice, hubo varios Papas masones.” (Íbidem).

Resulta chocante que en un libro que pretende ser el resultado de una investigación periodística seria, y en el que además se rechaza gratuitamente como mitos o leyendas varias acusaciones contra la masonería, se incluya la absurda afirmación de que “hubo varios Papas masones”, basándola únicamente en un “se dice”. De un periodista que hace bien su trabajo cabría esperar al menos que indicase la lista de los supuestos “Papas masones” y que apoyase esa lista en -por lo menos- una fuente confiable de información histórica.

“Pero la embestida católica universal contra la Masonería comienza en 1738 cuando se emite la encíclica In eminenti, que instituye la excomunión de todos los católicos que pertenecían o pretendían ingresar a la sociedad secreta conocida como Masonería.” (Íbidem).

Aquí el autor parece contradecirse a sí mismo. Es sabido que la masonería moderna nació en 1717, en la ciudad de Londres. Apenas 21 años después, lo cual es poco tiempo para una época en la que el ritmo de los acontecimientos históricos era mucho menor que el actual, el Papa Clemente XII condenó la masonería, condena que la Iglesia Católica ha mantenido invariablemente desde entonces hasta hoy, a tal punto que el autor (siguiendo el punto de vista masónico) habla de “la embestida católica universal contra la Masonería”. ¿Qué espacio queda entonces para los supuestos “Papas masones”? ¿Hubo, según Fernando Amado, varios Papas Masones de 1717 a 1738, en la época en que la naciente masonería moderna comenzó a difundirse por Europa y en que Roma tomó conciencia de sus amenazas contra la fe católica? ¿O bien hubo, según Fernando Amado, varios Papas masones de 1738 en adelante, Papas que a la vez mantuvieron firmemente la condena papal a la masonería? ¿O quizás Amado se refiere al período anterior a 1717, ignorando que la masonería moderna (nacida en ese año) es sustancialmente diferente de la masonería medieval (que era plenamente católica), asemejándose a ella sólo en algunos aspectos externos, no en su espíritu? Sería interesante saberlo.

Por lo demás, “la embestida católica universal contra la Masonería” (o, como tituló más arriba el mismo autor, “la condena universal de la Iglesia católica” a la masonería) no deja ningún espacio para el “terreno harto sinuoso, de múltiples y variadas respuestas”, postulado poco antes por Amado.

Agrego una última precisión: la referida excomunión afecta sólo a los católicos que han ingresado a la masonería, no a los que pretenden hacerlo, según la interpretación rigorista del autor.

Saturday, May 02, 2009

En penumbras (2)

En la entrada anterior probé que el libro de Fernando Amado “En penumbras. La Masonería uruguaya (1973-2008)” es claramente filo-masónico. Ahora probaré que el mismo libro también es evidentemente anti-católico.

La opinión del autor acerca del catolicismo queda de manifiesto sobre todo en el siguiente párrafo, que merece ser trascripto íntegramente:

“Ser masón en el Uruguay es ser un cabal librepensador. Filosóficamente, la razón es la que permite dilucidar verdades. Esto sin disminuir, deteriorar, desacreditar o menguar ninguna idea, y mucho menos ninguna fe. Este es quizás uno de los puntos más álgidos de enfrentamiento que el Catolicismo tiene con la Masonería. Más allá del mito, casi leyenda urbana, de que los masones pisan o escupen crucifijos en alguno de sus rituales, se encuentra una diferencia muy honda de naturaleza filosófica con la fe católica, radicada en esta simple y a la vez compleja idea. Los dogmas atentan contra la libertad, acotando el libre pensamiento y, por lo tanto, el juicio. Esto no va en detrimento de la validez de la fe católica. Muy por el contrario. Esa fe, como otras, es respetada como tal, y el masón que la profese habrá utilizado su libre pensamiento y su razón para decidir que es en eso en lo que cree. La Iglesia católica apostólica romana considera que esa verdad revelada por Dios es la única válida, por su carácter divino y sobrenatural, no dejando espacio para la libertad de conciencia.” (p. 278).

El autor incurre aquí en un cúmulo de errores y de contradicciones.

Consideremos en primer lugar su conclusión: “La Iglesia católica… no (deja)… espacio para la libertad de conciencia.” (p. 278), de lo cual se deduce que -en definitiva- es una institución nociva para el desarrollo humano y social.

La acusación del autor contra la Iglesia Católica es totalmente falsa. La verdad revelada por Dios a los hombres en Jesucristo y transmitida por la Iglesia Católica no atenta contra la libertad humana, sino que la salva y la eleva, perfeccionándola. Es semejante a una luz encendida en medio de la oscuridad, que no quita al caminante su libertad de elegir su propio camino, sino que lo ayuda a hacerlo. Esto ya lo dijo el mismo Jesús: “Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: «Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres».” (Juan 8,31-32).

Las tres virtudes teologales del cristiano (fe, esperanza y caridad o amor) suponen la libertad del hombre. El acto de fe es libre por su misma esencia. Es imposible obligar a alguien a creer en Dios, en Cristo o en la Iglesia, porque la fe no es una coacción exterior, sino un acto interior del hombre. La defensa de la libertad religiosa, entonces, no es una concesión de la Iglesia al liberalismo, sino una exigencia intrínseca del mismo cristianismo. Algo similar se puede decir acerca de la esperanza, que consiste en esperar el cumplimiento de las promesas del mismo Dios en quien creemos. Y el amor es, clarísimamente, un acto libre. Se puede obligar a alguien a cumplir determinadas leyes y normas o a realizar determinados ritos y actos externos, pero sólo por una libre e íntima decisión personal se puede cumplir el doble mandamiento que sintetiza toda la moral cristiana: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo.

Probablemente en el fondo de la filosofía masónica yazca la errónea concepción de que Dios -si existe- es enemigo del hombre. El cristiano, en cambio, sabe que Dios y el hombre no se oponen, y que la sabiduría y la libertad infinitas de Dios no anulan, sino que hacen posibles, la sabiduría y la libertad finitas del hombre. El ser humano ha sido creado a imagen de Dios y está llamado a ser hijo de Dios y a realizarse plenamente en una comunión eterna de amor con Dios y con sus hermanos. Éste es el sublime destino del hombre, que el cristiano conoce por la fe, y que la filosofía masónica desconoce.

Además, según la doctrina católica ortodoxa, el acto de fe no es irracional, sino suprarracional. Es un acto de la inteligencia, movida por la voluntad de adherirse a la verdad revelada por Dios, el Ser sapientísimo y perfectísimo, que no puede ni engañarse ni engañarnos. La fe cristiana está basada en motivos racionales de credibilidad (los “preámbulos de la fe”), que están al alcance de la sola razón natural. Así, la razón humana es capaz de demostrar la existencia de Dios, de probar que los Evangelios cumplen los criterios de historicidad generalmente aceptados, de constatar que en la historia de la Iglesia Católica se da una continuidad sustancial, desde su fundación por Jesucristo hasta hoy, etc. En suma, según la doctrina católica, el camino que conduce al hombre hacia el acto de fe cristiana es un camino plenamente racional.

Pasemos ahora al asunto de los dogmas. Si alguien, impulsado por razones de peso suficiente, ha llegado a creer en Dios, en que Dios ha hablado a los hombres en Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, y en que el Espíritu de Dios y de Cristo es el alma de la Iglesia fundada por el mismo Cristo, ¿qué otra actitud le cabe -racionalmente- sino la de confiar enteramente en la Palabra de Dios transmitida en la Sagrada Escritura y en la vida de la Iglesia, e interpretada con la autoridad de Cristo por el Magisterio de la Iglesia? ¿Y qué otra cosa es un “dogma”, sino la solemne definición, dada por la máxima autoridad de esa Iglesia -con la asistencia del Espíritu Santo, prometida por el mismo Jesús-, de que una verdad determinada está contenida en la Divina Revelación y por ello debe ser creída firmemente por todo verdadero cristiano? ¿Qué puede ser más razonable que aceptar la verdad de la Palabra del mismo Dios? Ser “dogmático”, entonces, en el verdadero sentido de la palabra, más allá de las distorsiones del lenguaje masónico, es aceptar a Dios como Dios, como lo que Él verdaderamente es, infinitamente sabio y bueno; es aceptar sus designios sin reservas, con la plena confianza que Él nos merece, como Padre nuestro amantísimo.

Volvamos ahora al comienzo del párrafo citado: “Ser masón en el Uruguay es ser un cabal librepensador. Filosóficamente, la razón es la que permite dilucidar verdades.” (p. 278).

He aquí una profesión de fe racionalista: sólo la razón natural (y no la fe sobrenatural) es verdadero medio de conocimiento. La filosofía masónica acepta sin pruebas racionales (“dogmáticamente”, en el mal sentido de la palabra que los propios masones han popularizado) ese falso postulado racionalista. El cristiano, en cambio, sabe que la fe y la razón son dos formas, distintas pero compatibles y complementarias entre sí, de acceder al conocimiento.

Fijemos ahora la atención en una gran contradicción del párrafo citado. Allí el autor, al igual que varios masones entrevistados por él a lo largo de todo el libro, insiste en que la masonería es compatible con todas las religiones, incluso el catolicismo. En otras partes del libro, fuentes masónicas subrayan que la masonería acepta miembros católicos y afirman que el conflicto entre la Iglesia Católica y la Masonería es responsabilidad exclusiva de la Iglesia. Sin embargo, por otra parte resulta claro que ser masón es ser racionalista, que la masonería rechaza todos los dogmas de fe sobrenatural (por lo cual rechaza, en definitiva, el catolicismo en sí) y que, para ser masón, un católico debe cuestionar y poner en duda la pretensión de verdad de la religión cristiana. Así queda patente que la machacona retórica de la masonería acerca de su presunto respeto al catolicismo es insustancial. La masonería sólo acepta miembros católicos que no tomen su catolicismo real y radicalmente en serio, que no crean en dogmas, que no acepten con certeza plena que la Palabra de Dios es la verdad y la luz de nuestros ojos. La masonería sólo es compatible con un catolicismo light, en definitiva falso. Con el catolicismo ortodoxo (o sea, verdadero), ella no acepta ninguna componenda, ni siquiera una tregua.

Haré una última observación. El autor desestima como un mito la versión de que algunos rituales masónicos son directamente anticatólicos o incluso blasfemos. No entro en el fondo de la cuestión. Sólo pregunto si el autor habrá llegado a conocer todos los rituales de todos los grados de todos los ritos masónicos. Me parece que sólo así el autor estaría en condiciones de hacer ese juicio acerca de los rituales masónicos, es decir, acerca de lo más secreto (cf. pp. 60-61) de la organización secreta más influyente de la historia.


 

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